viernes, 6 de abril de 2012

César Moro


César Moro existe. Hay que alimentar esta teoría después de salir de las librerías de Lima donde los vendedores dicen lo contrario.

—¿Tiene algún libro de César Moro?
—No, señor, no hay.


Algunos poetas mueren y entonces sus libros comienzan a venderse por montones. Con César Moro ocurre lo contrario. Sus libros no se encuentran por ninguna parte, a pesar de que él ha muerto hace más de medio siglo y las reseñas de los eruditos dicen que podría ser, junto con César Vallejo, el poeta peruano más importante del siglo pasado. En las librerías de Lima, Moro es un fantasma. El célebre poeta que no existe en los anaqueles.



Es una típica tarde de verano limeño, en el cementerio Presbítero Maestro, el más antiguo de la ciudad, y el sol agresivo le confiere un halo tortuoso a la simple tarea de encontrar un nicho.

—Moro, Moro, Moro, Moro, Moro… —susurra el panteonero Carlos Izaguirre, con la concentración de quien busca entre los estantes de una inmensa biblioteca.

Lleva quince minutos murmurando entre pabellones descalabrados a cuya sombra se guarecen algunos perros flacos. Es un cincuentón de rostro colorado, marcado por arrugas profundas, y cada tanto se pasa una mano por la frente. Las pocas palmeras que salpican el cementerio parecen a punto de arder, y se podría pensar que el sol es el culpable de las grietas en los mausoleos y no los ladrones de las barriadas cercanas que cada tanto entran para llevarse algo de valor: una escultura, una placa, una lápida. El cementerio tiene categoría de museo, y cada piedra es una reliquia.

—Nada más venden las lápidas, les borran el nombre y las vuelven a usar para otros muertitos —explica Izaguirre.

César Moro escribía en francés, y fue el poeta surrealista más exótico de París, a donde llegó en 1925, a los veintitrés años, cuando los surrealistas —André Breton, Paul Éluard, Louis Aragon— eran una guerrilla que se enfrentaba a la religión, al arte y a la política y agitaban la ciudad con sus versos de escritura automática, exposiciones escandalosas y panfletos agresivos. París era la capital del mundo para los poetas, y varios países de Latinoamérica tuvieron al menos un poeta exiliado allí. El chileno Vicente Huidobro. El ecuatoriano Alfredo Gangotena. César Moro, el primer poeta latinoamericano que formó parte del grupo surrealista, vivió ocho años en Francia, y cuando regresó al Perú, en 1933, llevó consigo la ola de esa revolución. Luego, en 1938, se mudó a México y ayudó a sembrar el surrealismo en ese país. Sus versos hacían añicos al lector. Más que lectores —explica el crítico peruano José Miguel Oviedo—, tenía víctimas.

Cuando dejes de estar muerto serás una brújula borracha
Un cabestro sobre el lecho esperando un caballero moribundo de las islas del Pacífico que navega en una tortuga musical cretina y divina

Serás un mausoleo a las víctimas de la peste o un equilibrio pasajero entre dos trenes que se chocan
.


Moro publicaba poemas y artículos en Francia, Perú, México. Traducía al español los textos de sus colegas franceses e ingleses. Era el gran agitador surrealista. Pero él, que había logrado un enorme prestigio en México, volvió al Perú un día de 1948 como quien busca un último refugio, llevando consigo una maleta, un perro y una rara enfermedad. Pesaba menos de cincuenta kilos. No tenía dinero y debió sobrevivir como profesor de escuela. Algunos alumnos se burlaban de él porque era delicado y homosexual. Le decían maricón. Le escupían en la espalda. Murió en un hospital público en 1956, cuando tenía cincuenta y tres años. Al velorio asistieron su madre, algunos sobrinos y pocos amigos. Había publicado tres libros. Todos escritos en francés.

El final de la historia podría ser ése.
Un final de reseña literaria.
Llamo por teléfono a una librería de Lima.
—¿Tiene en venta algún libro de César Moro?
—No, pero sí tenemos de Tomás Moro.


Tomás Moro fue un sacerdote inglés que imaginó una isla donde se le rendía culto a la filosofía. En el cementerio de Lima, el panteonero Izaguirre no conoce esa historia pero sabe que Moro era un poeta importante: durante la década que lleva trabajando en el Presbítero Maestro, al menos media docena de veces estudiantes u hombres con aspecto de intelectuales le han pedido ayuda para encontrarlo. Todos se paran frente a la tumba con fervor, leen algo, quizás un poema. Y tocan el nicho. Siempre tocan el nicho. Seis visitas en una década es una estadística importante en este lugar donde a otros muertos —ex presidentes, sacerdotes, militares o artistas— no los visita nadie.
—Malditos hijos de puta —dice ahora Izaguirre.


Sobre una piedra se ve la huella de una placa ausente. Allí está enterrado Abraham Valdelomar, un famoso escritor de principios del siglo XX al que se lee mucho en las escuelas del Perú. Izaguirre habla con la amargura de quien ha perdido una batalla importante.

—¿Ya ve lo olvidado que está todo esto?, ¿ya ve?
Es imposible saber en qué estado se encuentra la tumba que buscamos.

César Moro era virgo. Era tímido. Delicado. Pero una ironía violenta lo volvía temible a la hora de escribir. Huidobro de mierda, truquero, poeta al escape —le dijo al poeta chileno Vicente Huidobro, que se burlaba de los surrealistas—. Lima la horrible, charco natal —escribió sobre esa ciudad, donde nació el 19 de agosto de 1903—. Era apasionado. Odiaba y amaba con intensidad. Le gustaba imponer sus ideas. Lo expulsaron del colegio siendo adolescente y nunca terminó sus estudios. No trabajaba. Detestaba tener que hacerlo para ganar dinero. Su padre, que era un médico reconocido, murió cuando él tenía cuatro años y le dejó a su esposa algunas propiedades. Su madre, María Elvira Más, era una viuda muy católica (recibía misa en casa todos los días) que fomentaba el espíritu artístico de sus cuatro hijos. César tomó clases de pintura y aprendió a bailar siendo adolescente. Quería ser bailarín clásico. También quería ser pintor. Escribía poemas. Era esbelto, bajito, de frente amplia y cabello crespo. Siempre iba bien peinado. Tenía el rostro anguloso, los ojos azules algo hundidos y una mirada que parecía burlarse permanentemente de todo. Le gustaba poner apodos. Adoraba broncearse en la playa. En las fotos aparece de traje y corbata, o en traje de baño con el torso desnudo. Siempre tenía novios. Le gustaban los hombres sencillos; los militares, por ejemplo. Pero lo asfixiaba la Lima de los años veinte, una sociedad religiosa que vivía en la calma vigilada de una dictadura. Moro, que leía mucho en francés, quería irse del país. Su madre tenía amigos importantes. Uno de ellos era el dictador Augusto Leguía, presidente por entonces, un déspota generoso. Él le ofreció a esa amiga becas para sus hijos. Carlos, el mayor, se fue a España a estudiar pintura. Moro se marchó a París. Llevaba varias pinturas suyas en la maleta. Quería ser pintor. Quería ser bailarín clásico. Quería ser poeta. Tenía veintitrés años y muchas ideas para su futuro. Faltaban treinta años para que los muchachos de un colegio de Lima le escupieran en la espalda y le gritaran maricón.

La biografía de Moro no existe. Tampoco nada como un biógrafo. Sólo hay testimonios de familiares y amigos, recogidos en artículos dispersos. Recuerdos fugaces. O recuerdos de recuerdos. Un día, mientras hacía esta investigación, recibí un correo electrónico del profesor Julio Ortega, un especialista en César Moro que trabaja en la Universidad de Brown, en Estados Unidos, y que ha sido por años un difusor de su obra. "Si tú ves las biografías y memorias en las que se habla de Vallejo, llegarás a la lamentable conclusión de que los peruanos somos los peores amigos. Y eso porque somos testigos desaprensivos, de mala memoria y peor documentación. No existen memorias de sus contemporáneos [de Moro], suficientes entrevistas, correspondencia recuperada. Quizás haya que agradecer que no exista una biografía sobre Moro".

Había que tomar con cuidado las palabras del profesor Ortega, no sólo porque su pesimismo podía ser una maldición sobre esta historia, sino porque en el fondo tenía razón. Hurgar en la vida de Moro es arrojarse a un universo de personas que ya murieron, que dejaron poco o nada escrito o que, si aún viven, sólo conservan anécdotas vagas. En la guía telefónica figuran dos sobrinos del poeta. Uno lo recuerda. El otro no.

José Quíspez Asín es sobrino de César Moro. Tiene ochenta y dos años, el bigote blanco bien recortado, la camisa dentro del pantalón y la cintura del pantalón sobre el ombligo. Y pasa las tardes en una salita llena de elefantes. Papá elefante, mamá elefante y bebé elefantito. Nueve familias de elefantes de cerámica dispersas por toda la sala de su casa, en un tranquilo barrio de clase media de Lima.

—¿Biografía? A mí no me hable de biografías. Yo no he leído ninguna. Yo sólo soy un militar retirado y lo único que me une con mi tío es el apellido.

César Moro se llamaba Alfredo Quíspez Asín Más hasta que decidió cambiarse de nombre. Lo hizo en el Registro Civil de Lima, cuando tenía unos veinte años. El sobrino recuerda que en su familia solían contarse durante la sobremesa algunas historias sobre ese hermano de su padre que vivía en el extranjero. Decían que siempre le había molestado su nombre verdadero porque le parecía de indio.

—Sus amigos le decían Quispecito, Quispicanchis, y eso ha debido joderlo mucho al hombre. Ya sabe cómo era la gente en Lima.

Moro recordaría el ambiente de la Lima de su adolescencia como "pueblerino, desolado y pretencioso". Una vez le escribió una carta a su hermano Carlos: "La cuestión del nombre ha sido siempre para mí una tortura y naturalmente he tratado de sacudírmela […] Cuando me escribas pondrás en el sobre: Don César Moro". El nombre era el de un personaje de una novela de Ramón Gómez de la Serna.

José Quíspez Asín dice que no sabe qué nombre figura en la lápida del cementerio, porque nunca ha visitado el nicho de su tío. Sólo tres veces tuvo contacto con él. La última fue en el funeral. La segunda, cuando Moro regresó de México, en 1948. Entonces José Quíspez Asín era un joven teniente del Ejército, y acompañó a su madre a visitar al pariente. No se dijeron nada.

—Fíjese, yo era un militar, y él, un intelectual muy importante. ¿De qué podíamos hablar?

Moro era homosexual. Era tímido. Era irónico. Era reservado. Dicen que hablaba mejor con las mujeres que con los hombres.

En París, una amiga que a veces lo alojaba lo presentó a los surrealistas. Ella cantaba en un cabaret del que era asiduo el poeta André Breton, el fundador del movimiento, a quien Moro leía y admiraba. El grupo siempre estaba en busca de nuevos adherentes y rodeado de escándalo. Habían publicado la revista La revolución surrealista, un panfleto contra el escritor Anatole France, titulado Un cadavre, y gritaban vivas a favor de Alemania, cuando Alemania era enemiga de Francia. Tenían largas sesiones de creación en las que experimentaban la escritura automática hasta llegar al trance, y habían decretado que el año 1925, el año del surgimiento del grupo, era el fin de la era cristiana. Moro se les unió hacia 1928. Para entonces ya escribía en francés con fluidez y enviaba algunos poemas al Perú. Un día se disgustó por la forma en que tres de ellos salieron publicados en Amauta, una célebre revista de Lima que difundía a los autores de vanguardia, y escribió una queja: "Gerente: Has publicado mis poemas de una manera infame […] Merecías… Pero es que mereces algo?". "Señora —escribió otra vez a un personaje limeño—, a pesar de ser usted un mastuerzo muy delicado le decimos: Mierda".

Tenía el carácter furioso y rebelde de los surrealistas. Quienes estudian su obra dicen que habría sido surrealista, aun si el surrealismo no hubiera existido. A Breton, que era el cabecilla del grupo, le disgustaban los homosexuales, pero Moro mantenía discreción sobre sus aventuras en los bares de París. (Por entonces, tenía un novio ruso llamado Lev, cuya fotografía conservaría por el resto de su vida). A veces dejaba de asistir a las reuniones y entonces Breton le escribía notas preguntándole por su paradero. Hablaba poco de sí mismo. Su mejor amigo en Lima, el poeta peruano Emilio Adolfo Westphalen, escribió una semblanza en la que decía que Moro fue "uno de los pocos o más bien el único con quien no necesitaba canjear palabras para ponernos de acuerdo —la armonía era tácita—. Curiosamente esa confianza mutua excluía la confidencia. Durante los años en que lo frecuenté —casi a diario en Lima— nunca intercambiamos ninguna".

¿De qué hablaba entonces Moro, el irónico, el burlón?
En la casa de los elefantes, José Quíspez Asín recuerda la primera vez que vio a su tío. Fue más o menos durante los años treinta, poco después del regreso de Moro al Perú como profeta del surrealismo.

—Esa vez fue muy curiosa. Yo era un niño. Recuerdo que él me explicó un rasgo de los hombres de la familia. Eran cuatro hermanos: Carlos, Jesús, Alfredo, que era él, y José Luis, mi padre. Me dijo que todos tenían el pelo ondulado. Lo mismo ocurría con los sobrinos, mis primos. Menos conmigo. Yo tengo el pelo muy lacio y grueso. Vea. Era muy gracioso mi tío.
—¿Y le dijo algo más?
—Sí, me llamó pelo duro.


En París, Moro consiguió empleo como pintor de brocha gorda en la remodelación de un teatro. Fue jardinero. Profesor de idiomas. Niñero. Pareja de baile. Era propenso a la indisciplina y a la vida nocturna. Detestaba trabajar y en 1928 escribió un poema para explicarlo. "Abajo el trabajo". Pecho de bisonte / el pantalón y la chaqueta / hacen el trabajo / pero tu corazón tiene un panorama / Y el jugo de tu chaleco […] Pero vosotros todos / Invitación a no trabajar.

Tenía una vida oscilante. Vivía en casa de amigos. En talleres. A veces se quejaba con su hermano Carlos porque no tenía dinero para comprarse materiales de dibujo. Del teatro donde lo contrataron como pintor, lo expulsaron por hacer dibujos pornográficos en las paredes. Eso lo recordaría años después Francisco Avril de Vivero, un niño al que Moro cuidaba y contaba cuentos a cambio de alojamiento en la casa familiar.

A mediados de los años treinta, ya en Lima, Moro se presentó a una entrevista de trabajo. Un amigo suyo llamado Ricardo Tenaud era funcionario en una empresa telefónica y lo llevó ante su jefe. Poco después de la conversación, el jefe llamó a Tenaud y le reclamó por haberle llevado a "una bailarina de cabaret". La anécdota se la contó Tenaud, poco antes de morir, al periodista Pedro Favarón, quien escribió un libro sobre Moro. Moro no era amanerado, pero ese día debió comportarse así para no conseguir el empleo. Durante esa etapa iba mucho a la playa y vivía de su madre, que le daba algo de dinero. Lima seguía siendo una ciudad amodorrada, sin vida cultural, presa de la dictadura militar de Óscar Benavides que, entre otras cosas, mandó cerrar la Universidad de San Marcos. Moro organizó en esta ciudad la primera exposición surrealista de Latinoamérica, con muchas pinturas suyas y de algunos amigos. "Esta exposición —escribió en el catálogo— muestra tal cual es por primera vez en el Perú una colección sin elección de obras destinadas a provocar el desprecio y la cólera de las gentes que despreciamos y detestamos". Por esos años, conoció al joven poeta Emilio Adolfo Westphalen y se hicieron amigos. Juntos publicaron el manifiesto Vicente Huidobro o El obispo embotellado, en el que insultaban a ese poeta chileno con quien Moro mantuvo una corta pelea literaria. Lo acusó de haber parodiado un texto de Luis Buñuel de una manera lamentable. Huidobro le respondió: piojo homosexual. Moro le contestó: Huidobro de mierda.

Moro y Westphalen lanzaron juntos un boletín político en apoyo a los republicanos españoles, pero el gobierno militar confiscó la publicación y detuvo a Westphalen. Moro, que temía lo mismo, se fue del país. Así fue como llegó, en 1938, a México, ese país que iba a convertirse en una enorme sede surrealista donde se asilaron muchos de quienes huían de la Europa en guerra. Vivió en México durante una década. Fueron sus mejores años como poeta y también los peores para su salud.

En México escribió mucho. Publicó sus primeros libros, Le château de grisou yLettre d'amour, en pequeñas ediciones artesanales. Organizó una gran exposición surrealista con André Breton, quien pasaba un temporada allí, en 1940. Publicó poemas y artículos en revistas. En uno de ellos criticó las ideas de Breton sobre la homosexualidad, y en 1944 se volvió un disidente del movimiento, como otros surrealistas que también se habían peleado con el supremo líder. Pero mientras ocurrían todas esas aventuras públicas, Moro se enfermó, se empobreció y sufrió en secreto el desamor de un hombre: A.

A. era Antonio Acosta Martínez. Un joven cadete al que había conocido a fines de 1938 y a quien dedicó cinco cartas de amor —Cartas a Antonio—. Antonio también inspiró el único conjunto de poemas que Moro escribió en español, La tortuga ecuestre, y que no pudo publicar por falta de dinero. Ese libro, escrito en 1939, mientras se deshacía en sufrimiento, es su obra más bella, visceral, apasionada.

Tan pronto llegas y te fuiste
Y quieres poner a flote mi vida
Y sólo preparas mi muerte
Y la muerte de esperar
Y el morir de verte lejos
Y los silencios y el esperar del
   tiempo
Y los silencios y el esperar el
   tiempo
Para vivir cuando llegas
Y me rodeas de sombra
Y me haces luminoso
Y me sumerges en el mar
   fosforescente donde acaece
   tu estar
Y donde sólo dialogamos tú y
   mi noción oscura y pavorosa
   de tu ser


La historia de este amor es la siguiente:
Antonio tiene menos de veinte años y se prepara para ingresar a una escuela militar en México. Moro lo ayuda dándole dinero. Le compra ropa, zapatos.
Antonio ingresa a la escuela militar.
Antonio es un joven díscolo. Falta a la escuela por beber con sus amigos.
Antonio le pide más dinero a Moro. Moro se desespera porque no lo tiene, pero lo consigue.
Antonio tiene la llave de la habitación de Moro. A veces acude. Moro le escribe esto en una carta:


El amor en la noche. Un tumulto se anuncia, un tumulto como de sangre que se vierte. Las alas del mundo empiezan a dormir, y sólo tus ojos iluminan el silencio, el gran silencio que reina a tu llegada. Y te desprendes como un árbol o como la noche, a pasos callados, como el gran caballero que aparece en los sueños. Con tu rostro severo, con el misterio y la distancia y con el gran silencio. Yo no podré besarte, a veces dices, yo no podré besarte…

Antonio es la felicidad y a la vez la tortura:

Abrásame en tus llamas poderoso demonio; consúmeme en tu aliento de tromba marina […] —le escribe en otra carta— dispérsame en la lluvia y en la ausencia celeste, dispérsame en el huracán de celajes que arremolina tu paso de centella por la avenida de los dioses donde termina la Vía Láctea que nace de tu pene.

Antonio a veces no puede ir al cuarto de Moro. Cuando eso ocurre, Moro va a la escuela militar y le habla a través de las rejas. Un domingo, Antonio aparece, pero sólo se queda media hora. Moro se siente desgraciado. "Una maldición me hace vivir y me impide suicidarme", le escribe en una carta a un amigo.

Moro, desde México, escribía con regularidad cartas a su amigo Westphalen, que, en los años cuarenta, difundía el surrealismo en Lima. A veces Moro le hablaba de la falta de dinero y de su enfermedad. El origen de la desgracia parecía ser Antonio.

28 de diciembre de 1944
"Me siento indudablemente mejor que en esos últimos dos años en que estaba realmente moribundo y más cerca de la muerte que de la vida. Cuando reveo 1941, 1942, 1943 y parte de este año, no comprendo cómo he podido soportar el golpe y zafarme del aprieto. Debía ver pronto a mi médico, pero desgraciadamente él mismo está ahora enfermo y he tenido que quedarme un largo tiempo sin verlo. Parece que estará visible a principios del año; entonces podré saber con toda certeza cuál es el estado real de mi salud. […]


"Acaba de nacer un hijo de A. No lo conozco todavía pero tiene la obligación de ser bello y misterioso y potente.

Moro regresó a Lima en avión el 16 de abril de 1948. Tenía cuarenta y cinco años y toda su obra en una maleta de mano. Había enviado parte de su equipaje por barco, en tres cajas. Una contenía los cuadros que había pintado durante los diez años que había pasado en México. Otra tenía ropa y libros. Esas dos cajas nunca llegaron, se perdieron. ¿Qué y cuánto desapareció allí? Si en la historia de Moro hay agujeros negros, éste es uno de los más importantes.

El que sí llegó a salvo al Perú, en aquel viaje, fue Pacho. Pacho era un perro. Un salchicha juguetón a quien Moro menciona en algunas cartas desde México. Algunos testigos recuerdan haberlo visto. Uno de ellos dijo que murió atropellado por un coche. André Coyné, un amigo y amante de Moro, negó esa noticia. Como la de su dueño, la dePacho también es una biografía difícil.

Bebé de Venus / Bebé vuelto ojo / Bebé de Navidad / Bebé tigre / Bebé tallo / Bebé beso / Bebé tírame / Bebé / Bebé para mí. Ese poema es uno de los últimos que Moro escribió en Lima, y Bebé tigre, el personaje, puede ser un hombre. Un hombre joven, con un diente filoso como un colmillo de tigre, que se llama André Coyné.

Moro publicó, en vida, sólo tres libros: Le château de grisou, Lettre d'amour y Trafalgar Square. Coyné se encargó de encontrar al menos una decena de inéditos más. "Si yo no hubiera estado ahí en su muerte —dijo en una entrevista que le hicieron en 2003—, Moro sería un nombre dentro de la literatura peruana pero un poeta casi sin poemas. Tengo a veces la sensación de haberlo inventado".

Después de él, Moro tuvo otros amantes. Hombres sencillos, "sin intereses poéticos o artísticos". Coyné recuerda a un militar de bigotes gruesos y a otro que alquilaba carpas en la playa. Coyné vive ahora en Francia, en compañía de un enfermero que lo ayuda. Es difícil hablarle. Se le entiende muy mal a través del teléfono. Visitó el Perú por última vez en 2008 para un homenaje a Vallejo. Se le veía bastante cansado y afectado por la edad, recuerda Walter Espinoza, un amigo suyo que lo acompañó. Esa vez, Coyné trajo consigo una maleta llena de documentos importantes para cualquier biógrafo de Moro. Al regresar a Francia ya no la llevaba consigo.

Poco antes de regresar a Francia, Coyné le dejó esas cartas a otro amigo suyo, un reconocido especialista en Vallejo llamado Jorge Kishimoto. A Espinoza, en cambio, le dejó treinta cartas originales escritas por la viuda de Vallejo. Algo de Vallejo para el especialista en Moro. Algo de Moro para el especialista en Vallejo. Espinoza no puede ocultar la contrariedad ante esta decisión que pareció un error, aunque estima mucho a Coyné y dice que le gustaría reunir dinero para traerlo a vivir sus últimos años al Perú.

—Allá está olvidado —dice—. Quién sabe si la enfermera que lo cuida se esté quedando con los libros o los documentos que él tiene.

La última fotografía que Moro se dejó tomar en Lima es una rareza de coleccionista. Walter Espinoza la guarda entre sus papeles y sólo me la mostró durante unos segundos. En ella, Moro está sentado en un sofá en la sala de una casa. Los ojos hundidos. El rostro demacrado. Un esbozo de sonrisa. Parece un niño enfermo. El saco lo envuelve como si fuera un manto.

A mediados de 1955, Moro estaba grave. El diagnóstico es impreciso, pero es probable que tuviera leucemia u otro tipo de cáncer. "He estado un mes enfermo, preso de dolores, probablemente histéricos, que han desaparecido hace tres días", le escribió a un amigo el nueve de septiembre de ese año. Para entonces vivía retraído, "aparte de André y Margot, con nadie hablo". Su mala salud y la necesidad de pagar los tratamientos lo obligaron a trabajar mucho, acaso por única vez en su vida. Enseñaba francés en cuatro lugares diferentes, entre ellos la Universidad Agraria, la Escuela de Oficiales de Chorrillos y el Colegio Militar Leoncio Prado. Los edificios estaban en extremos opuestos de Lima. Él iba a cenar todos los días a casa de su madre. Las distancias lo fatigaban. En el colegio militar Leoncio Prado tenía algunos problemas.

"En las clases solíamos ‘batirlo' como se batía a los huevones —recuerda el ex cadete Mario Vargas Llosa, en El pez en el agua, su libro de memorias—. Le tirábamos bolitas de papel o lo sometíamos a ese concierto de hojitas de afeitar aseguradas en la ranura de la carpeta y animadas con los dedos […] Veo, una tarde, al loco Bolognesi, caminando detrás de él y meneándole el brazo a la altura del trasero como una monstruosa verga. Era muy fácil batir al profesor César Moro porque, a diferencia de sus colegas, no llamaba nunca al oficial de turno para que pusiera orden, echando un carajo […] Ahora estoy seguro de que, de algún modo, lo divertía estar allí. Debía ser uno de esos juegos arriesgados a los que los surrealistas eran tan propensos, una manera de ponerse a prueba y explotar los límites de su propia fortaleza".

En el colegio había una vicuña que escupía cuando los estudiantes la fastidiaban. Un día, el loco Bolognesi imitó a la vicuña y le escupió a Moro por la espalda. "Si Moro hubiera sabido que del Leoncio Prado iba a salir un escritor (me refiero a Mario Vargas Llosa) lo hubiera odiado anticipadamente", dijo Coyné en una entrevista, en 2003.

Llamé a Max Silva Tuesta, otro ex alumno de ese colegio que ahora también es escritor y psicoanalista. "Vargas Llosa ya lo ha dicho todo", me dijo por teléfono y se excusó de responder más preguntas.
Moro llegaba a su casa fatigado después del trabajo. Sacaba una tumbona y se recostaba a fumar en el balcón. Era un balcón compartido con otros vecinos, en la Bajada de los Baños, una calle arbolada que desciende al mar en el barrio de Barranco. Una niña de seis años solía esperar a ese vecino amable que le leía cuentos y le enseñaba a escribir.

—Era lindo, guapo. Agarraba un cuaderno y me hacía dibujar circulitos.
Moro alquilaba dos habitaciones que tenían acceso a un patio y a una terraza interior que miraba el mar. Allí había una buganvilla. Álvarez, que entonces sólo era una inquilina más de esa casa, ahora es la dueña y, mientras me acompaña a recorrerla, habla de un juicio que les ganó a los propietarios originales.
Un día Moro recibió a una amiga en su habitación del hospital. Ella lo invitó a dar un paseo. Él parecía tener buen ánimo y le pidió unos minutos para vestirse. Ella volvió un rato después y lo encontró abatido. Moro se había asomado a la ventana y, al otro lado, había visto a una mujer que compraba naranjas. Aquella escena corriente, le dijo a su amiga, le había hecho sentir que ya no tenía fuerzas para nada.

El pintor peruano Fernando de Szyszlo escuchó esa historia de primera mano y ahora la recuerda mientras busca entre los estantes de su biblioteca. Sección Moro.

—La vida se le había escapado. Es tan triste. Se había convertido en una persona muy frágil, transparente casi, vulnerable.




Szyszlo conoció a Moro en la peña cultural Pancho Fierro, en el centro de Lima, donde se reunían algunos artistas jóvenes para beber y charlar. Moro había vuelto de México y tenía algunos amigos nuevos en ese lugar, pero luego, debido a su enfermedad, dejó de ir. Szyszlo no recuerda casi nada de esos encuentros. Sólo una frase que Moro solía exclamar cuando estaba muy animado: Rosas, rosas, rosas crecen de mis dedos.

El pintor viste un pantalón blanco, una camiseta terracota bien planchada, y lleva sus ochenta y seis años de manera envidiable. Quiere encontrar un libro póstumo de Moro que él ilustró; mientras repasa los anaqueles, sigue recordando algunas cosas.
El velorio. Moro falleció el 10 de enero de 1956, en el Instituto del Cáncer, y al velorio acudieron su madre, algunos familiares, varios amigos y una representación de oficiales militares de la Escuela de Chorrillos, uno de los lugares donde enseñaba francés. Szyszlo recuerda que ellos cargaron el ataúd.

—Fue terrible el contraste: un poeta tan vanguardista, tan libre, iba en hombros de militares.

Meses después del funeral, Szyszlo y André Coyné organizaron en Lima una exposición con los cuadros que Moro había pintado hacia el final de su vida, los mismos que cubrían todas las paredes de su casa. En la exposición se vendieron muchas de las obras y el dinero se usó para imprimir sus primeros libros póstumos, ambos en 1958: Los anteojos de azufre, una colección de artículos y ensayos, y La tortuga ecuestre, aquel libro que había escrito en México, inspirado por el amor-desamor de Antonio, y que salió en una edición de apenas cincuenta ejemplares. Szyszlo me muestra ese libro. Lo ha empastado en cuero. En el interior hay un grabado abstracto que él compuso para cada uno de los ejemplares. Son unos trazos azules, amarillos y negros, que se superponen.

—¿Qué pasó con el resto de pinturas, las que no se vendieron?
—Westphalen tenía varias. El grueso creo que lo tenía la familia o Coyné. Ahora cuando él se muera, porque siempre está tan enfermo, ¿qué va a pasar con ellas? No sé.


El periodista Jorge Kishimoto, amigo cercano de Coyné, me contó que éste había cedido la mayor parte de su archivo a la fundación Getty, en Estados Unidos, y a un archivo surrealista francés. El archivo de Westphalen, el gran amigo de Moro, que murió a principios de siglo, también ha sido vendido por sus herederos a esa fundación.

—El atractivo de la plata —dice Szyszlo—. Pero también hay una gran inseguridad en los archivos nacionales.

Antes de despedirnos, Szyszlo me lleva a un rincón de su biblioteca, donde guarda un recuerdo que le dejó la viuda de Vallejo muchos años después de que él fuera enterrado en París. Es un cuadro que protege un poema mecanografiado y borroso, un original. Sobre el papel resalta un mechón de cabello negro sujeto con una cinta delgada y blanca.

—Es la única parte de Vallejo que se conserva en el Perú.

César Moro guardaba sus poemas en una cómoda de madera. La había comprado en el remate de trastos de un hotel antiguo que iba a ser demolido, en el centro de Lima. Le afectaba la ola destructora de mansiones sobre las que levantaban "los volúmenes de cemento de la arquitectura funcional". "¿No son necesarios los recuerdos?", escribió en un artículo, y la frase parecía una premonición de su propio futuro sin biógrafos y sin sus libros en las librerías.


André Coyné fue a la casa de Moro días después del entierro y abrió los cajones de aquella cómoda. "Eran papeles amontonados de toda su vida, algunos ordenados, la mayoría no", recordaría en un texto que escribió en 2003. Lo acompañaba Carlos Quíspez Asín, el hermano pintor de Moro. Juntos retiraron las pinturas que tapizaban las paredes. Carlos estaba dispuesto a quedarse con los muebles y las pinturas, pero no sabía qué hacer con los documentos. "Yo no conozco francés, soy incapaz de descifrar la poesía de César, si no te llevas tú, tal cual, esa masa de papeles, por más que me pese, me veré obligado a quemarlos", dijo esa vez, según recordaría Coyné. Y así fue. Él se llevó los documentos.
También recuerda un altercado: un sacerdote quiere decir unas oraciones y no lo dejan. André Coyné trata de explicarle que Moro era ateo. El sacerdote grita, se enfurece, se retira. Szyszlo no asistió al entierro (no recuerda la lápida), y dice que la noticia pasó casi inadvertida fuera del círculo de amigos.





martes, 13 de marzo de 2012

La Alteridad en el Espejo - Johan Falkman

JOHAN FALKMAN 
La alteridad en el espejo





 El Antiguo Colegio de San Ildefonso presenta, por primera vez en México, el imaginario 
plástico de Johan Falkman, artista sueco que reinventa el género del retrato y el estilo 
expresionista. 
La Universidad Nacional Autónoma de México, el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, el 
Gobierno del Distrito Federal y el Antiguo Colegio de San Ildefonso presentan, por primera vez en 
México, la obra del reconocido artista sueco Johan Falkman en la exposición internacional Johan 
Falkman. La alteridad en el espejo. La inauguración se realizará el jueves 22 de marzo a las 20:00 
horas (Justo Sierra 16, Centro Histórico), con la presencia del artista. 

En el año 2008, cuando Johan Falkman vino a nuestro país, “encontró lo que siempre ha querido 
representar, lo que ya hacían los pintores mexicanos y que aún hoy muchos hacen. Entonces, 
confirmó que su cercanía artística estaba más fuertemente ligada a los pintores mexicanos como 
Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros, José Clemente Orozco, Pablo O ́Higgins y Federico Cantú”, 
señala la investigadora Leticia López Orozco, curadora de la exposición y miembro del Instituto de 
Investigaciones Estéticas de la UNAM. 

Por ello, la muestra integra un apartado con seis obras de los artistas José Chávez Morado, 
Federico Cantú y Arturo Estrada, en el que se muestran las confluencias artísticas que Falkman 
encontró en creadores mexicanos, principalmente de la primera mitad del siglo XX. Se presentan 
tres obras del artista regiomontano Federico Cantú (Autorretrato, Nicki Morris y Elisa Saldívar de 
Gutiérrez Roldán), donde se confirma que la pincelada, el uso del color y el espacio compositivo de 
Falkman se acerca en mucho a los recursos pictóricos de este pintor. También se exhibe la obra de 
José Chávez Morado Diego Rivera va a firmar, que muestra las empatías estilísticas con Falkman, 
quien en muy pocas ocasiones dota a sus representados de atributos, lo que contrasta con este 
retrato de Chávez Morado. Y dos piezas del “Frido” Arturo Estrada que presentan a sus mentores 
Frida Kahlo y Diego Rivera en su lecho de muerte y que aluden a la misma emoción que Falkman 
sintió frente al ataúd de su hermana mayor en la soledad de su sala. 






























La Alteridad en el Espejo. Retratos expresionistas de
 - Johan Falkman



Marzo 22 al 15 de Julio del 2012


Uno de los grandes Exponentes de la Pintura Sueca es el maestro  Johan Falkman



tanto su pintura de caballete como la de formato mural es extraordinaria . Si bien el pasado mes de noviembre pudimos admirar sus grandes composiciones murales y nuevos proyectos presentados por el mismo dentro del III Encuentro Mural en Guanajuato, ahora toca el turno a la pintura de caballete que en su mayoría es pintura por encargo como bien nos comento Johan con anterioridad.

Johan Falkman  ahora en México , En el Antiguo Colegio de San Ildefonso es uno de esos sitios que nos invitan a la reflexión en el arte , gracias a las gestiones que realizara la Maestra Leticia López Orozco junto con las autoridades del Museo de San Ildefonso este mes de Marzo podremos degustar una nueva muestra de arte contemporáneo. Si bien ya es un regalo el poder admirar la dotada serie de murales de Orozco y Rivera , es mejor aun cuando podemos admirar en conjunto la majestuosidad de nuevas curadurías integradas en las salas de la antes preparatoria numero uno .

El retrato en la obra de Falkman es una constante, la técnica que el aplica en el lienzo demuestra el dominio del color y la composición grandes y pequeños formatos de caballete transitan en su conjunto dentro de un universo multicolor, sin embargo para Falkman es importante el dialogo entre artistas universales y ahora toca el turno de crear un paralelismo con las obras de grandes maestros de la Plástica Mexicana entre ellos aportamos a esta muestra dos obras de los años 50 de Federico Cantú.  Autorretrato con Paleta 1950, Niki Morris 1954.


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El artista plástico sueco Johan Falkman en México 

Johan Falkman nació en Trelleborg, Suecia. Estudió dibujo, escultura y pintura 
en la Escuela de Arte Dimitar Rangatchews en Malmö, y en 1988 continuó su 
formación con la artista de naturalezas muertas Susanne Steinbacher 
(especialista en la técnica combinada de óleo y témpera de huevo de Jan van 
Eyck), en la Escuela Ernst Fuchs en Reichenau. 
 En 1990 Falkman viajó a Estados Unidos para aprender el género del 
retrato en la National Academy of Design. Un año después fue aceptado para 
estudiar en el Pratt Institute donde realizó cursos de especialización en pintura, 
gráfica, escultura e historia del arte. Además, estudió conservación, 
metodología y filosofía del arte. 
 Falkman se graduó de Licenciado en Bellas Artes con los más altos 
honores en 1994 y fue galardonado con el premio Pratt Circle Award for 
Outstanding Academic Achievement. Al año siguiente obtuvo la presea del 
Pratt Institute’s Certificate of Excellence/Outstanding Merit Award in the School 
of Art and Design. En 1995, también recibió el premio de la American 
Scandinavian Society Cultural Grant Award. Continuó sus estudios en el Pratt 
Insitute durante tres años más, participando en cursos de especialización sobre 
pintura, historia del arte, mitología griega y el renacimiento veneciano. 
 Johan Falkman sigue los estilos naturalista, simbolista y expresionista. 
Su intereses fundamentales los centra  en la pintura alemana de finales del 
siglo XIX. Especialmente disfruta de las obras de Lovis Corinth, Edward Munch, 
Käthe Kollwitz, el artista austriaco Ferdinand Hodler y los pintores que fueron 
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parte del grupo expresionista alemán El Puente, a través de su referencia 
plástica con el artista español Ignacio Zuloaga. 
 Por su parte, Falkman, inicia su incursión en la técnica de pintura mural, 
con sus dos primeras obras monumentales, al óleo sobre tela de algodón, por 
encargo de las autoridades del Puerto de Trelleborg su ciudad natal, con el fin 
de celebrar los 100 años de su fundación. El artista sueco realizó numerosos 
dibujos influenciados por los frescos de  Diego Rivera como lo notaremos en 
sus obras, así como por las obras de David Alfaro Siqueiros y en menor medida 
por las de José Clemente Orozco. 
Sus murales (uno de 14 X 9 metros y otro de 7 X 4.5 metros) ofrecen 
una sucinta crónica histórica de su país, el que desde hace casi dos siglos no 
ha sostenido ni participado en ninguna guerra o revolución, fincando así su 
progreso en el avance tecnológico, científico e industrial, en una más equitativa 
distribución de la riqueza entre sus habitantes y en un respeto absoluto por la 
naturaleza. 
 Las obras de Falkman demuestran su dominio técnico, formal y 
estilístico. Rasgos postimpresionistas, expresionistas y realistas que recuerdan 
a Vincent van Gogh, Edward Munch, Käthe Kollwitz y a los muralistas 
mexicanos, caracterizan su pintura mural. El dibujo es de gran calidad y el trazo 
es combinado, firme, a veces muy fino y otras más grueso, según la intención y 
la fuerza expresiva con los que quiere dotar a cada figura dentro de su obra. 
Debemos subrayar el manejo del color, que le sirve tanto para delinear 
claramente los rostros de los retratados, como para colocar dentro del 
anonimato a los personajes comunes. Una rica gama cromática, que incluye 
colores primarios y secundarios, negro y blanco, le sirven al pintor sueco para 
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armonizar y equilibrar la composición, así como para acentuar algunas figuras 
u objetos que responden a un orden temático o a una organización jerárquica 
de los asuntos tratados. 
La luz que produce el color es muy singular, pues quizá debido a la 
posición geográfica de su país, nos transmite una luz fría. Los rostros de los 
personajes de su mural reciben una luz rasante que da una luminosidad 
amarillenta, cuyos efectos de sombra nos permite conocer los detalles faciales 
y reconocer al hombre o mujer representado, al mismo tiempo que resalta la 
calidad de la pincelada (con pinceles o espátulas) y la textura de la obra. 
La simetría alcanzada en las obras con las formaciones de marineros, 
los rieles del ferrocarril, las cargas de madera, las filas de carros, camiones y 
soldados, acotados por grandes embarcaciones, aluden directamente a la 
industrialización, al desarrollo y a las actividades económicas fundamentales 
para el progreso de su país. En tanto que la parte del mural que simboliza la 
herencia histórica sueca y su riqueza cultural, enmarca los avances del Estado 
y la sociedad. Falkman sintetiza en su pintura monumental la disyuntiva del 
camino del hombre: el progreso o la guerra; la creación o la destrucción;  la 
naturaleza o la industrialización; la vejez o la juventud. Podemos sugerir que 
comparte los presupuestos filosóficos que encontramos en las obras de Rivera 
y Siqueiros, pero no los ideológicos, aunque su obra no está exenta de un 
discurso político indirecto. Falkman posee la disciplina, el oficio y el 
conocimiento para continuar con la realización de murales que le permitan 
convertir su expresión artística en una verdadera experiencia estética para 
cualquiera que los conozca. 
por Leticia López Orozco 
Instituto de Investigaciones Estéticas, UNAM 









En El Antiguo Colegio de San Ildefonso, la UNAM y el Gobierno del Distrito Federal presentan esta exposición integrada por más de 90 obras realizadas por el artista sueco entre el 2003 y 2012



Retratos de alta calidad plástica en el manejo del óleo, con pinceladas que parecen empastes y un juego de colores primarios y secundarios armonizados o yuxtapuestos, que nos permiten asomarnos a Suecia para conocer a sus personajes más destacados como profesores, médicos, aristócratas, banqueros, profesores, artistas de teatro y músicos, es lo que el público podrá encontrar en la exposición Johan Falkman. La alteridad en el espejo.
Así lo dio a conocer en conferencia de prensa Leticia López Orozco, curadora de la exposición, quien acompañada del artista Johan Falkman y Paloma Porraz Fraser, coordinadora ejecutiva del Antiguo Colegio de San Ildefonso, ofreció los detalles de la exposición.
López especificó  que la muestra se inaugura este jueves 22 de marzo a las 20:00 horas y la conforman más de 90 piezas que muestran lo que para Johan Falkman son las honduras psicológicas y las penetraciones tanto físicas como intelectuales que puede tener una persona.
“Pero también un afán o deseo de trascendencia, inmortalidad o eternidad que poseen los mismos personajes que retrata, la percepción que una persona tiene de otra, en este caso el retratista y su modelo, además de lo que él está viendo en ese persona.
“También se podrán ver cuadros inspirados en muralistas mexicanos como David Alfaro Siqueiros, Diego Rivera y José Clemente Orozco, como un cuadro en el que Falkman plasma la historia de su país, en el cual vemos personajes aglutinados y compuestos”.
En el marco de la exposición se realizará una charla entre el artista y el crítico de arte Robert C. Morgan para hablar acerca de su trayectoria y sus procesos de creación, el sábado 24 de marzo a las 13:00 horas y una demostración en donde se podrá observar como el artista pinta un cuadro con su particular estilo, la cual se realizará del 27 al 29 de marzo de 10:00 a 13:00 horas.
Leticia López Orozco comentó que la obra del artista recupera parte del estilo Neo expresionista alemán, sobre todo de la vanguardia de las primeras décadas del siglo XX y  de las confluencias de los neo vanguardistas alemanes en el expresionismo.  
“Y a partir de estas tendencias hace obras que ofrecen una reinvención o reinterpretación de dichos estilos, las cuales están inspiradas en el glamur, la aristocracia y la nobleza de ciertos personajes que hay en su país y en fantasías que tuvo desde niño del médico alemán de su pueblo quien le producía un temor a lo desconocido, al no saber a qué se enfrentaba”.
La curadora también añadió que con esta exposición se tendrá la oportunidad de acercarse  a un artista que quizá sea el único de su país dedicado a explorar el retrato mexicano y que está haciendo un muy particular estilo de pintura; el retrato que exageran los rasgos del retratado, cuyo resultado final es un óleo que permite ver lo que el artista está viendo en ese personaje.    
“La particularidad de su trabajo es que en sus murales podemos ver claramente una técnica muy particular; una luz fría que le llega a las figuras que representa y les da vivacidad, la cual se logra a veces quemándoles o bronceándoselos el rostro. También vemos cómo pone acentos de rojo, azul y amarillo para dar movimiento, armonizar y también contrastar la composición”.
Durante su participación Paloma Porraz Fraser destacó la importancia de la exposición y habló del entusiasmo que le provoca al artista venir, trabajar y exponer en México, “ya que  Falkman nos dijo que la pintura mexicana, en especial los murales, ha tenido mucha influencia en su obra.
“Por ese motivo esta exposición nos pareció interesante porque nuestra colección permanente son los murales y nos llamó mucho la atención que existiera un muralista en Suecia. En este sentido, verán en su trabajo murales que son distintos a los mexicanos ya que en ellos se observa gente muy aguda de la academia y al mismo tiempo gente con personalidad muy fuerte, algunas veces bastante malos”.  
Finalmente, Johan Falkman reveló que lo que se podrá ver en esta exposición son retratos de diferentes tipos de personas a las cuales el artista trató de resaltar la personalidad;  médicos, mujeres de la aristocrática, escritores, actores, personalidades académicas, el músico dedicado o la diva, los cuales de alguna manera están exagerados en sus papeles o roles.
“Son cuadros en donde yo he mostrado la parte de ellos que no los hace sentir cómodos, pero esa era la parte que me importa, porque no estoy interesado en la belleza tradicional a menos que tenga algún tipo de atracción para mí.
“Si estoy haciendo un retrato no tiene que ver con mi atracción en términos de los aspectos físicos, más bien estoy atraído a la personalidad y siento que si la voy a capturar tengo que ir más allá de la corrección anatómica de la persona, tengo que ir adentro de la persona para que de ahí surja su personalidad”.
Y añadió que la selección de los personajes retratados se debe a factores como el que sea una persona de la que ha leído en los periódico, haya sido entrevistada en la televisión y que considera puede ser interesante por alguna razón, puede ser una persona a quien conoce o porque entra dentro de cierta categoría del trabajo que le interesa, como los médicos o profesores.
“Toda esta selección de personaje surge de una de mis  fantasías que me han seguido toda la vida sobre los hombres y las mujeres. Algunas las he tenido desde mi niñez por ejemplo sobre la fortaleza a partir de la imagen fría del médico para entender por qué actuaba así, qué auspicia un carácter académico, qué nos hace a nosotros convertirnos en cierto tipo de personas.
“A partir de ahí desarrollé una lista con personajes que me interesaba retratar, por ejemplo la mujer aristócrata que de ninguna forma podríamos decir que es tradicionalmente hermosa en el sentido de la concepción moderna de belleza americana, ya que son duras, a menudo de edad, con la venas visibles, que fuman cigarrillos,  con voces rudas o disonantes, un poco andróginas en su carácter, con enorme personalidad y muy parecidas a los médicos”.
Johan Falkman. La alteridad en el espejo podrá visitarse los martes de 10:00 a 19:30 horas y los miércoles a domingo de 10:00 a 17:30 horas, del 23 de marzo al 15 de julio, en el Antiguo Colegio de San Ildefonso que se ubica en Justo Sierra 16, Centro Histórico. Las actividades paralelas a la exposición son de cupo limitado y gratuitas con boleto de acceso al museo que tiene un precio de 45 pesos y 22.50 para estudiantes y maestros con credencial vigente. Martes entrada libre.





domingo, 4 de marzo de 2012

Angelina y Diego


Publicación Le Art Journal 1 marzo 2012

ANGELINA BELOFF

 TRAZOS DE UNA VIDA,
 EN EL MUSEO MURAL DIEGO RIVERA


·       Obras de sus diversas facetas en dos continentes a lo largo de su vida como pintora, grabadora, ilustradora, retratista.
·       Paralelamente dialogan con obras de Artistas como Diago Rivera Ángel Zárraga , Roberto Montenegro.

·       A partir del miércoles 29 de febrero, hasta el 20 de mayo del 2012


El Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA) inauguró la exposición Angelina Beloff: Trazos de una vida, la cual destaca las facetas más importantes de su vida como retratista, paisajista, educadora, grabadora, ilustradora, escenógrafa y titiritera, el acto se llevo a cabo el miércoles 29 de febrero .
Esta magna exposición permanecerá abierta hasta el 20 de mayo de 2012, en el Museo Mural Diego Rivera.

Con una selección de 90 obras en las que se contemplan óleos, acuarelas, grabados, fotografías, impresos, títeres, gouaches y dibujos que marcaron la consolidación en el arte en su estancia en México, país donde desarrolló en gran manera su pintura, grabado, y recibió grandes impulsos por parte de su círculo artístico como promotora de la enseñanza a infantes a través del teatro.

Angelina Beloff. Nacida en San Petersburgo (1879-1969), fue una mujer dedicada al arte, desarrollando su labor creativa de manera firme y constante en su país natal. En los viajes que recorre hacia París , España y Bélgica principalmente, conoció a grandes exponentes de la pintura y escultura Mexicana como Diego Rivera , David Alfaro Siqueiros, Federico Cantú , Ángel Zárraga , Germán y Lola Cueto, Carlos Mérida, Federico Canessi ,  con quienes interactuó con formas y técnicas diversas en el arte para evolucionar su pensamiento y creación.

Apoyada por amigos cercanos como Alfonso Reyes , Guillermo Asúnsolo y Germán Cueto, hacia 1932 decide venir a México en busca de Diego Rivera , permitiéndole alimentar con nuevos imaginarios su producción plástica.











 Decía Angelina :  “Yo quería ver ese azul del cielo mexicano , un azul que Diego me describió con nostalgia mientas vivíamos en Paris.”

Inició sus trabajos como profesora de dibujo y grabado en escuelas y talleres de la SEP junto con el grupo de Francisco Díaz de León, Manuel Echauri, Feliciano Peña y posteriormente dentro del INBA. Realizó aportes como ilustradora en cuentos infantiles, textos científicos y viñetas para diversas publicaciones.

En los años 30 en el que la SEP decide dar paso y apoyo a la formación oficial de grupos de teatro guiñol, Angelina se desempeñó como difusora de este género que es percibido como una forma de enseñanza-aprendizaje para el alumno-espectador.

La exposición Angelina Beloff: Trazos de una vida se inauguro el miércoles 29 de febrero, a las 19:00 horas y permanecerá abierta hasta el 20 de mayo del 2012, en el Museo Mural Diego Rivera.